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San Pedro (mosaico plumario)

Autor desconocido
Siglo XVII
Pluma sobre lámina de cobre
48 x 36 x 2.5 cm

Amanteca era el término para designar a quien practicaba el oficio de crear pinturas con plumas en la antigua Tenochtitlan; es un gentilicio de Amantla, que era el barrio de quienes se dedicaban a esta actividad. Los cronistas registraron su admiración ante los hermosos trabajos de plumas en pinturas, figuras de ornato y elementos de la indumentaria ceremonial, como las insignias o chimalli, los abanicos, las túnicas y penachos. En esta arte, que hoy llamamos plumaria, destacaron en Mesoamérica los mexicas, y antes que ellos los toltecas. Ejemplos de sus creaciones tornasoladas, que empleaban el colorido de las plumas del colibrí, el quetzal y otras múltiples aves desconocidas en Europa, fueron enviadas como regalo a reyes y prelados, y pasaron a formar parte de famosos gabinetes de curiosidades.

Los misioneros franciscanos que instalaron en el siglo XVI talleres para enseñar oficios a los indígenas, incluyeron entre los primeros el de los plumajeros. Proveían a los maestros y aprendices de grabados cristianos, que los tlacuilos o pintores dibujaban para que luego se les aplicaran las plumas de delicadas tonalidades a manera de mosaico. Algunos cronistas recogen testimonios sobre la manera como los artesanos teñían las plumas de distintos colores en pequeños recipientes, de donde las tomaban para aplicarlas en superficies uniformes, estudiándolas a golpe y contragolpe de luz para decidir su colocación y conseguir efectos de luminosidad y movimiento.

El mosaico plumario de San Pedro de la colección del Museo de Historia Mexicana proviene de la época de mayor esplendor del oficio durante el Virreinato, cuando el oficio ejercía con mayor apego a la tradición indígena. La superficie está compuesta casi en su totalidad de plumas, y el dibujo está delineado en oro. Las imágenes posteriores con frecuencia combinan las plumas con mosaicos de papel, y en los del siglo XVIII, los rostros y manos muchas veces están pintados al óleo.

Reconocemos al santo por la mitra papal, el báculo de tres travesaños y las llaves del reino, que porta en su mano izquierda. El modelo recreado tiene rasgos románicos: además de la forma de los atributos mencionados, la postura es estática; el rostro es fuerte y solemne, con la barba corta y partida en dos; el manto denota la alta jerarquía, a la manera de los papas de la alta Edad Media; la túnica cae en pliegues rectilíneos.

En este caso, San Pedro aparece de pie; sin embargo, su imagen es muy similar a un mosaico que se encuentra en el Arzobispado de Puebla en que el personaje aparece sentado, pieza de la que la investigadora Marita Martínez del Río de Redo escribió: “la viveza del colorido, la riqueza del enmarcado y la nitidez del diseño la colocan entre las grandes obras plumarias del siglo XVI”. Ambos mosaicos parecen provenir del mismo artista o taller, y están basados en un modelo común del cristianismo antiguo.

Las iridiscentes plumas de colibrí que forman el firmamento y el cambiante tono ambarino de los ojos son ejemplo de la misteriosa luminosidad de esta expresión artística. La perspectiva del paisaje, formada por la superposición de líneas y flores, es característica de un oficio indígena que aún no asimila los recursos técnicos del arte renacentista.

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